Este artículo forma parte de una serie en la que se relatan recuerdos de experiencias, retiros, viajes y otros momentos vividos junto al maestro de Dzogchen Chögyal Namkhai Norbu durante sus viajes y enseñanzas por todo el mundo.
Costantino Albini
Era a finales de junio de 1976 cuando mi madre, Laura, y yo íbamos en coche por la pintoresca avenida de entrada a la Villa dei Carbonari, cerca de la localidad montañosa de Subiaco, en el centro de Italia. Habíamos estado haciendo un montón de compras para preparar la casa que habíamos alquilado y en la que íbamos a proporcionar alojamiento a todos los participantes del primer retiro con Namkhai Norbu, Rinpoche, que iba a empezar la segunda semana de julio. La casa, aunque vieja y un poco deteriorada, era lo suficientemente espaciosa para el número de personas que calculábamos que serían, entre 20 y 30.
La finca debió de pertenecer a una familia adinerada allá por el siglo XIX, y por su nombre supusimos que, en algún momento, algunos miembros de la familia debieron de participar, como miembros de la sociedad secreta «Carboneria», en los disturbios que precedieron a la campaña por la unificación de Italia.
La finca tenía un jardín bastante amplio con árboles altos, una gran terraza soleada con unas vistas muy bonitas a las colinas y al valle (que más tarde resultó ser ideal para hacer yoga), con algunos rincones más apartados y sombreados y un claro arbolado que ofrecía refugio del sol del verano. Mi madre le había pedido a Rinpoche indicaciones sobre cómo quería que organizáramos el retiro, y como él no había especificado una duración concreta, cuando encontramos este lugar con un alquiler de temporada bastante razonable, tras pensarlo un poco, acabamos alquilándolo para todo el verano.
Así que ahí estábamos, con un camión a rebosar de material para dormir, literas, escobas, bandejas de comedor con varios huecos, cubiertos sencillos, ollas y sartenes, y provisiones para un buen rato. Con la ayuda de algunos de los participantes más jóvenes y de nuestra formidable empleada doméstica, Pasqualina, nos pusimos manos a la obra con una limpieza a fondo y a preparar los lugares para dormir de todos en las distintas habitaciones. Bajo la dirección de mi madre, establecimos a grandes rasgos un sistema de turnos para las distintas tareas durante el retiro. Tras unos días de trabajo, todo estaba listo y ya había empezado julio.
La mayor parte del grupo ya estaba allí los días 7 y 8 de julio, y Rinpoche llegó poco después, acompañado por el pequeño Yeshi.

Muchos de nosotros —yo incluido— éramos bastante jóvenes, rondábamos los veinticinco años, y apenas éramos conscientes del grado de madurez que hacía falta para lanzarnos a un viaje tan intenso como el que teníamos por delante. Estábamos acostumbrados a rebelarnos contra las buenas costumbres y nos invadía un rechazo general hacia el mundo «de adultos» que nos rodeaba; y, aunque de alguna manera nos faltaba disciplina interior, todos buscábamos algo que pudiera resultar lo suficientemente valioso como para justificar nuestro compromiso con una forma de vida mejor. Aún no sabíamos hasta qué punto se verían satisfechas nuestras necesidades más profundas y descabelladas.
Esa noche nos dio un discurso durante la cena, en el que nos explicó un poco cómo íbamos a desarrollar el retiro, al tiempo que nos hablaba de la importancia de los Guardianes de la Enseñanza para los practicantes de Dzogchen.

Después de cenar, hicimos un ritual sencillo para establecer una conexión con los lamas, los yidams, las dakinis y los guardianes , como inicio de nuestro retiro. Nos dio la transmisión Lung de un rito Serkyem que su maestro, Rigzin Jangchub Dorje, solía recitar cada noche antes de acostarse.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Rinpoche empezó enseguida a darnos enseñanzas y siguió sin parar durante todo el tiempo que duró el retiro (que acabó siendo bastante más de dos meses), ya fuera en sesiones formales o en cualquier momento, respondiendo a todas nuestras preguntas con una paciencia inquebrantable y sin ocultarnos nunca nada. La mayoría de los que ya habíamos recibido enseñanzas del Dharma en otros entornos nos quedamos totalmente impresionados por su estilo abierto e informal y por la confianza que depositaba en nosotros.

Cada vez que le hacíamos una pregunta, su respuesta iba mucho más allá de lo que esperábamos (¡y a menudo de lo que podíamos entender!) y revelaba conexiones amplias, profundas y sutiles entre diversos aspectos del Dharma que, a primera vista, no parecían tener nada que ver entre sí.
Desde el principio, al mismo tiempo que —y en relación con— la «Purificación de las seis sílabas», nos enseñó el yoga del sueño, con instrucciones precisas sobre cómo prepararnos durante el día, cómo conciliar el sueño y cómo abordar los sueños para «reconocerlos».
Sin embargo, durante todo ese tiempo, independientemente de la práctica que nos enseñara, siempre nos iba dando poco a poco algunas explicaciones sobre las enseñanzas más profundas del Dzogchen, tomándose todo el tiempo necesario para asegurarse de que lo hubiéramos entendido.
Así que, durante el desayuno, de repente le preguntaba a alguno de nosotros: «¿Has soñado algo esta noche?». Y si habíamos soñado, le contábamos encantados nuestro sueño, esperando que nos diera alguna explicación o interpretación, quizá desde un punto de vista esotérico o psicológico. Pero pronto quedó claro que esa no era su intención.
Cuando terminábamos de contarlo, siempre nos quedábamos en silencio un rato, esperando una respuesta. Él siempre dejaba pasar un buen rato y, después, o bien no decía nada y/o cambiaba por completo de tema, o a veces simplemente soltaba: «¡Interesante!». Y eso era todo.
En un día propicio, Chögyal Namkhai Norbu Rinpoche nos impartió la transmisión del Chetsun Nyingtig. Éramos 21. Nos concedió formalmente las Cuatro Iniciaciones, incluido el Rigpai Tsalwang.

En la primera parte del retiro, nos dio enseñanzas sobre varias prácticas de purificación relacionadas con la introducción que nos había dado; además, nos ayudó a entender mejor las ofrendas de Serkyem, nos transmitió el ritual más extenso del guardián Damchen Dorje Legba —con una melodía preciosa y un sistema para tocar los platillos rituales tibetanos rolmo— y , sobre todo , los tres tipos de Rushen y los versos centrales del Chod que seguimos practicando hoy en día. También nos transmitió un Guruyoga especial con el Gurú Samantabhadra. Todas las tardes, en la terraza, Rinpoche nos enseñaba los fundamentos del Yantra Yoga, demostrándonos personalmente los distintos movimientos y ejercicios de respiración.
Cuando no estaba ilustrando algún aspecto concreto de la Enseñanza, no paraba de contar relatos históricos sobre el Tíbet y Shang Shung, sobre su familia, sus Maestros, y sobre los diferentes Maestros de las tres Transmisiones, y sobre el surgimiento en el mundo tibetano de graves problemas como el sectarismo, desplegando así ante nosotros un mundo insospechado, asombroso y variado de cultura y espiritualidad, de extraordinaria riqueza y profundidad.
A medida que pasaban los días, cada uno de nosotros se enfrentaba a momentos repentinos de una «apertura» sorprendente en nuestra mente; era como si estuviéramos descubriendo nuevas perspectivas sobre todo. A veces, cuando nos encontrábamos por casualidad en el jardín, veíamos en los ojos del otro una mirada de asombro…
Poco a poco empezábamos a darnos cuenta del valor inconmensurable de lo que estábamos recibiendo. Y del valor de quien nos estaba dando todo eso. Con lo que sé ahora, creo que fue el despertar espontáneo de una verdadera devoción interior hacia nuestro gurú.

A mediados de agosto, Rinpoche se fue unos días con su familia, dejándonos con mucho trabajo que hacer en el retiro, sobre todo purificaciones y prácticas de Rushen. Estuvimos allí algo más de una semana, cada uno practicando por su cuenta, intentando superar nuestros muchos y arraigados hábitos de distracción… Y reuniéndonos por la noche para la práctica del Guardián.
A su regreso, nos enseñó los Semdzins, los Cuatro Chog Zhags del Khregs chod, y al hablar del Cuerpo de Luz que habían alcanzado sus Maestros, incluso nos dio a entender que existían prácticas que conducían a esa realización especial: las Cuatro Luces supremas de Thod rgal.
La mayoría de los participantes en este retiro eran de Roma, aunque también había algunos de otras ciudades. Un día recibimos la visita de un grupo de alumnos de Rinpoche de Nápoles, que habían estado siguiendo sus enseñanzas sobre el Yantra Yoga.
A medida que se acercaba el final del retiro, Rinpoche nos convocó a todos a una reunión para hablar de cómo seguir adelante. Pero de eso te lo contaré en otra ocasión.
Fotos cortesía de Andrea Dell’Angelo y www.yantrayoga.org
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